jueves, 11 de agosto de 2011

Sabías que el jabón no funciona con el agua de mar?

Lo cierto es que resulta físicamente imposible. El agua marina contiene grandes cantidades de sal (cloruro sódico), concretamente más de 10 gramos por litro si hacemos el promedio de todos los océanos del mundo. Las moléculas del jabón común están compuestas por átomos de sodio unidos a ácidos grasos. Si hay demasiados átomos de sodio en el agua, como ocurre en el mar, se impide la entrada de más sodio en forma de moléculas de jabón, y éste no se disuelve. Es lo que se conoce como el “efecto del ión común”.

Los marineros resuelven este problema usando jabones especiales que en lugar de sodio contienen potasio, también denominados jabones blandos o jabones de marinero.

Pero... ¿Por qué limpia el jabón?

El método de fabricación, empleado desde los babilonios, se llama saponificación: calentar grasas con las cenizas de plantas alcalinas, que produce jabón, agua y glicerina. Lo que confiere al jabón su peculiar habilidad para limpiar la ropa es que sus moléculas tienen doble personalidad: un extremo huye del agua –es hidrófobo– y tiende a unirse a la grasa, mientras que el otro es hidrófilo, le encanta el agua. Obviamente el efecto ‘tirón’ del lado hidrófilo debe ser mayor para poder arrancar la suciedad de la ropa, al que ayudamos cuando frotamos la prenda. Al final queda una diminuta gota de suciedad rodeada por una envoltura de jabón, un proceso que se ve favorecido en agua caliente. Ahora bien, el jabón ve reducida su efectividad si se lava en agua dura, que contenga gran cantidad de sales minerales –de calcio y magnesio principalmente–, porque reaccionan con el jabón formando un precipitado insoluble que da a la ropa un tacto como si hubiera sido almidonada. De ahí que usemos suavizante.