jueves, 19 de mayo de 2011

La ansiedad procede del intestino y no del cerebro como se pensaba

Una interacción entre la microflora intestinal y el sistema nervioso central puede parecer difícil de concebir a primera vista. Pero los médicos ya son muy conscientes de los beneficios de los antibióticos orales y los laxantes en el tratamiento, por ejemplo, de la encefalopatía hepática, un síndrome de alteración mental que aparece en pacientes con insuficiencia hepática aguda.

Muchos otros tipos comunes de enfermedades gastrointestinales, incluyendo el síndrome de colon irritable, se asocian frecuentemente con la ansiedad o la depresión. Además se ha especulado que algunos trastornos psiquiátricos, tales como el autismo de aparición tardía, puede estar asociado con un contenido de bacterias anormales en el intestino.

Ahora, por primera vez, investigadores de la Universidad McMaster en Ontario (Canadá) tiene pruebas concluyentes de que las bacterias que residen en el intestino influyen en la química del cerebro y su comportamiento.

El intestino de cada persona es el hogar de millones de bacterias con las que vivimos en armonía. Estas bacterias realizan una serie de funciones vitales para la salud, como cosechar energía de los alimentos, proteger contra las infecciones y suministrar sustento a las células en el intestino. Cualquier interrupción en la vida de estas bacterias, como cuando cogemos una descomposición, pueden resultar peligrosa para nuestro estado emocional.

Los investigadores, que trabajaron con ratones adultos sanos, demostrando que la interrupción con antibióticos del contenido bacteriano normal del intestino producía cambios en el comportamiento del animal, volviendo a los ratones menos cautos y más ansiosos.

Este cambio fue acompañado por un aumento en una proteína llamada factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), que se ha relacionado con la depresión y la ansiedad. Cuando los antibióticos orales se interrumpieron, las bacterias del intestino volvieron a la normalidad, restaurándose la conducta normal de los roedores y la química de su cerebro.

Para confirmar que las bacterias pueden influir en el comportamiento, los investigadores colonizaron los intestinos de ratones libres de gérmenes con bacterias tomadas de ratones con un patrón de comportamiento diferente. Descubrieron que cuando los ratones libres de gérmenes con un fondo genético asociado con la conducta pasiva recibieron las bacterias de los ratones con una mayor conducta exploratoria, estos se volvieron más activos y atrevidos.

Del mismo modo, los ratones se hicieron más pasivos en su comportamiento después de recibir las bacterias de ratones cuyos antecedentes genéticos se asocia con la conducta más inactiva.

Estos resultados sientan las bases para investigar el potencial terapéutico de las bacterias probióticas y sus acción en el tratamiento de los trastornos del comportamiento. Y ponen de manifiesto que, al final, los manidos anuncios de yogures líquidos con bacterias mágicas van a tener su parte de razón, al pregonar que nos ponemos de buen humor por la mañana cuando les damos un buen sorbo.