lunes, 6 de diciembre de 2010

La ESA desaconseja la geoingeniería en vista de la atmósfera de azufre de Venus

Pese a presentar varias diferencias, Venus y la Tierra tienen muchas características comunes, y por ello de nuestro vecino planetario más próximo se pueden aprender muchas cosas potencialmente útiles en el futuro. Un ejemplo es la capa de dióxido de azufre a gran altitud descubierta recientemente por la sonda Venus Express de la Agencia Espacial Europea (ESA). Por fin se ha logrado desentrañar los misterios que rodean a esta espesa capa de nubes y los resultados de la investigación que lo ha hecho posible se han publicado en la revista Nature Geoscience.

Venus posee una elevada temperatura y está envuelto en una capa densa de nubes ácidas que se mueven a gran velocidad e impiden observar su superficie. Estas nubes devuelven al espacio cerca del 80% de la luz que reciben del Sol. Este fenómeno explica el albedo (el porcentaje de luz solar que refleja una superficie) tan elevado que posee Venus, que hace posible su observación a simple vista desde la Tierra y que durante mucho tiempo se considerara una estrella y no un planeta.

La gruesa capa de nubes de Venus se forma a 50 km de la superficie del planeta al combinarse dióxido de azufre emanado por sus volcanes con agua para formar ácido sulfúrico, una de las sustancias naturales más corrosivas. Cualquier resto de dióxido de azufre a más de 70 km de altitud es destruido rápidamente por la intensa radiación solar. Pero esta circunstancia no explica la existencia de dióxido de azufre a 90 km de la superficie ni su procedencia.
Las simulaciones realizadas por Xi Zhang, del Instituto Tecnológico de California (Estados Unidos), y por sus colegas de Francia, Taiwán y Estados Unidos mostraron que algunas gotículas de ácido sulfúrico se desplazan desde el interior de la atmósfera hasta las nubes superiores del planeta. A gran altitud algunas de estas gotículas se evaporan liberando ácido sulfúrico gaseoso que se disocia por efecto de la radiación solar, liberando nuevamente gas de dióxido de azufre.

«No esperábamos hallar esta capa de sulfuros a gran altitud, pero ahora somos capaces de darle una explicación», explica Håkan Svedhem, científico del proyecto Venus Express de la ESA. «Ahora estos descubrimientos indican que el ciclo atmosférico del azufre es mucho más complicado de lo que se creía.»
La importancia de este mecanismo para la Tierra es considerable si se tiene en cuenta la propuesta de mitigar el cambio climático terrestre mediante la inyección de gotículas de azufre. Concretamente el nobel de química Paul Crutzen del Instituto Max Planck se ha manifestado a favor de inyectar grandes cantidades de dióxido de azufre en la atmósfera terrestre, a unos 20 km de altitud para contrarrestar el calentamiento global producido por las emisiones de dióxido de carbono.
Científicos de primer orden sugieren que si el Sol llega a calentar la Tierra demasiado es posible que haya que «echar las cortinas», por ejemplo mediante una capa de contaminación arrojada intencionadamente a la atmósfera para enfriar el planeta. La propuesta del Dr. Crutzen se basa en la erupción del Monte Pinatubo (Filipinas).

Dicho evento volcánico introdujo en 1991 una gran cantidad de partículas de azufre en la estratosfera. El aumento en la reflexión de la radiación solar al espacio provocado por estos compuestos redujo la temperatura en la superficie del planeta en unos 0,5°C durante el año que siguió a la erupción.
Sin embargo, los descubrimientos del Dr. Zhang advierten con claridad de la necesidad de obtener más datos sobre el ciclo del azufre antes de considerar siquiera su empleo en favor de los objetivos climáticos. Así pues, una profundización de los estudios sobre Venus permitiría aplicar los conocimientos obtenidos a la Tierra, sobre todo en lo relativo al efecto a largo plazo de un experimento de semejante envergadura en el clima terrestre.

«Debemos estudiar en detalle las consecuencias potenciales de una capa artificial de azufre en la atmósfera terrestre», comenta Jean-Loup Bertaux de la Universidad de Versailles-Saint-Quentin, (Francia) e investigador principal del sensor SPICAV («Espectroscopía para la investigación de las características de la atmósfera de Venus») a bordo de Venus Express. «Venus presenta una enorme capa de este tipo de gotículas en su atmósfera, por lo que todo lo que aprendamos sobre nuestro planeta vecino podría servir para orientar medidas de geoingeniería en nuestro planeta.»